Ciro pone el disco. La púa baja suave, en un ralentí de imagen que acelera la pulsación y motiva la ansiedad. Es el mismo disco de otras veces, uno que siempre pusimos y que yo no quería escuchar más. Pero Ciro se encargaba de que yo lo percibiese. Él quería que sintiera las notas cayéndome sobre la cabeza, martillando la sien con su punzón neumático. Y una vez que la melodía me hubiese atravesado la mente de lado a lado, a través del agujero, del túnel al infinito y más allá, se podría acercar el ojo, esperar a que la pupila se transformase en agujero negro y ver la colección de monstruos y deformidades varias que habitan en lo más profundo de mis desechos mentales. Y entre las montañas de basura, desperdicios inútiles e historias abandonadas está ella, inmóvil, incólume. La deidad distante, balanceándose al son de la canción. La púa roza la superficie del disco. Primero el sonido sucio, denso, que sale fuerte por los parlantes viejos de madera. Los mismos que silenciaron pistas de baile de hace décadas, en los que mi padre agitaba masas que no tenían mayor preocupación que el largo de su cabello o el origen de sus mocasines. Ahora están en el final, dejados, abandonados a una música nueva, que poluciona el aire límpido de notas frescas transformándolo en una masa de distorsión en la que ellos no saben bailar, ni sacudir sus cajas de cartón robusto. La primera nota empieza a sonar, el rasguido de la guitarra que se hace fuerte, duro. El cuchillo empieza a asomarse de su vaina, amenazante. Lo miro y sé lo que va a pasar. Ciro también, pero es lo que busca. La terapia del sufrimiento, la llama él. Lennon me habla por el altavoz. Dice que está parado, con la cabeza entre las manos. Ni George, ni Paul están con él. Paul mueve su limosina, Harrison su arpa. Ringo, bueno Ringo nunca se sabe donde está. Pero Lennon se detiene en su caminata, con la guitarra al hombro, entre los matorrales que escudan la carretera hacia ninguna parte. Yo estoy en el sillón, luego en el piso, ahora revisando entre los discos viejos, disimulando entre tapas coloridas mientras la lágrima traicionera quiere escaparse por el costado. El techo parece ocultar las soluciones, aunque lo mire enojado, rogándole la respuesta. Ciro mira un libro, dos, tres. Repasa los lomos deglutiendo los títulos, en un acopio de información inútil pero reconfortante para su corazón de ratón de biblioteca. Yo viajo, lejos. Vuelo entre la tormenta que se desata furiosa, inclemente, sobre las casas que bordean mis ideas. Busco escaparme de ella, de su mirada filosa que me descuartiza en pedazos cada vez más pequeños. Soy yo el que se escapa, pero Winston dice lo contrario. If she´s gone I can´t go on. La persigo, innecesaria búsqueda que me lleva a ninguna parte. Ahora Lennon aporrea dulcemente la guitarra. The love will find a way, le dijeron una vez. Pero yo no le creo. Ciro probablemente sí. Está acostumbrado a vivir entre las sombras, haciéndole trampas al solitario. No espera nada más que lo que se puede esperar. Y eso le conforma. Los tipos te miran y se ríen, Lennon. Yo estoy casi solo. Ciro no me ve. No me quiere mirar. Sabe lo que pasa, lo que sucede. Y me lo dice: hey, you´ve got to hide your love away. |