El domingo me consume las entrañas, hora por hora se enquista en un nuevo músculo y me paraliza en tres o cuatro movimientos, imprecisos, torpes, las orejas con zumbido en caja de ecos, sin bocinas, sol quemando mi azotea y las horas que siguen paralizadas. 18:24. El reloj se vuelve 18:24. El mundo es 18:24. Y aparte de ese minuto fatídico no hay ni pangea, ni tierra con bordes rectangulares, ni esfera sostenida por tortugas gigantes. La banda sonora se altera con los maullidos lejanos de una cría, quizá sola, llamando para no ser consumida por criaturas infernales con dientes afilados. Escucho el grito de alerta, rutinario, enfermizo, y lo dejo hacer. Y la criatura que no se detiene, reclama alimento, reclama atención, reclama el calor que no está. Mamífero, como yo, pero sin su sustancia favorita. Armo un biombo de defensa, una capa de ignorancia para no sentir el sufrimiento. Entonces Tom lo desangra desde el parlante y el domingo me abofetea la cara nuevamente, recordándome que está allí presente para hacerme insoportable la existencia, para recordarme que soy un simple pedazo de nada perdido en un día cualquiera, como tantos en el mundo, como otro ser más que no logrará salir de su pozo lleno de sanguijuelas inmundas y barro por todas partes, el lodo salpicando los dedos, sucios de desperdicios.
Percutiendo. Percutiendo una y otra vez en mi cámara negra. Llenándome de imágenes ajenas, robadas sólo por un rato, sin propósito aparente. Las dejo venir, él rasgando la guitarra, aullando, con sus compañeros musicales interpretando mis vacilaciones. También hay sangre, también hay restos de tripas para sentir que algo en el mundo sigue latiendo y no todo se limita a un cúmulo de escarcha multicolor, enceguecida por cámaras viajeras en el aire y destellos luminosos.
Todavía es de día, pero las teclas se golpean por sí solas y los dedos bajan y suben y ya no sé lo que quieren decir. Entonces los dejo en su propio delirio, contándome historias de cooperativas de a cinco, de uñas manchadas de blanco a pesar de ser un dignísimo discípulo mamífero. Miro la copa, pequeña copa con dibujo. Es una estrella, de cinco puntas, espeluznante sencillez en el diseño; un arcón de significados colgados a su espalda. Símbolo de tira bombas, o dibujo en el piso para películas intrascendentes, con mensajes del más allá en el final. La copa llora de vacío, reclama líquido que le alimente las vísceras y luego será vaciada y así, en constante ir y venir del escritorio-monitor a mi boca, sin aduanas.
Androide de la boca de York. Muchos androides, caminando lento hacia un suicidio aparente. Mi cabeza pendulea, las neuronas agitándose a un lado y a otro, para exprimirse contra los bordes de la conciencia, ideas que se resisten a salir, residuos sin sintaxis aparente. El mantra musical perdura. Por la ventana, Padre y Madre cultivan flores relucientes, por un verano, hasta que se marchiten y las macetas reluzcan de hermosa soledad.
Las seis cuerdas contrapunto con las teclas, que elaboran una base rítmica perfecta para el sonido certero. Regalan Let down, y la siento venir como un tren descarriado directo a mi fluido, para darme otra razón y seguir sentado frente al monitor que se vuelve igual de blanco que siempre, sin hojas de la calle que ahora ya están más verdes y no quieren ser restos sin árboles como hace unos meses, cuando la calle era mía y de Marvin y de nadie más, y podíamos sentir que el infierno era nuestro y que el cielo era una cueva llena de niñitos de cuello blanco, con un baño de uniformidad. Madre y Padre siguen barriendo, juntan la tierra que va al cantero y que luego el viento devolverá a donde se encuentra. Marvin duerme su vida de perro, el cerebro trabajándole ideas prontas a descubrir el significado de la existencia. No suena mi teléfono, embalsamado con llamadas que se fueron lejos, donde nadie les cuestione las acciones. Siento el domingo, atravesado en la garganta, semilla de girasol con púas a los lados, inasible, globo de gas que se desinfla con la luz. Espero la hora, un par más, para que todo se vuelva a poblar y la noche sea mi jardín. Y así se sumarán las horas-días, atados entre sí, y vuelven los domingos, con traje de alquitrán rancio, semillas de limón y olor a nada, con su disfraz de 18:24. O de 18:36. Quién sabe. |